Ayer boté mi celular

Ayer boté mi celular.

Salí con Oliver en sus paseos matutinos y en una de esas, sentía que me faltaba algo en el bolsillo del suéter de Puerto Rico que llevaba puesto. Era como que estaba tan dormida que no me podía asegurar completamente que lo había bajado conmigo, pero había una luz en mi cabeza que indicaba que sí estaba con él cuando cerré la puerta de mi casa.

Entre la confusión igual me devolví a revolver cuanta cartera, cuarto, zapatos encontré, me regresé al súper por donde había paseado y no estaba, hice un recorrido por donde me acordaba que había estado, y nada. Llamamos desde varios teléfonos. Y no atendió ni Casper. Mi celular estaba en silencio.

En un ataque de rebeldía dije que faltaban dos días para mi cumpleaños y que era lo mejor que podía pasarme, era como una liberación total de cualquier tipo de intento de comunicación con Lelo. En eso me di cuenta que quería saber la hora y necesitaba el número de mi casa y a ninguna de las dos cosas tenía acceso. Caí como Condorito.

En el interín, me acordé que este año, nos encontramos un perro cerca del Parque Bustamante, que tenía la misma cara de perdido que debió haber tenido mi celular tirado en el medio de la calle. Yo devolví al perro, que se había extraviado y sus dueños lo estaban buscando. Se llamaba Bruno.

Cuando ya di por perdido mi teléfono, llegué a contarle a los conserjes de mi edificio mis penas y uno de ellos me dijo “dígame el número”, sin muchas esperanzas igual se lo di. Subí a mi casa, atendí un par de cosas de la vecina, llamé a ENTEL, pero decidí no cancelarlo por unas horas más porque iba a averiguar si esa cuestión de buscar el teléfono de verdad servía.

Cuando ya estaba prendiendo el notebook para ver la hora, pensando en cuánto tiempo podría pasar sin el aparato, y analizando en la cantidad de claves que tenía que cambiar… Pensé en las fotos que tenía de mi familia, los videos del concierto pachangoso de la bilirrubia y buscando nuevos planes para sustituir al mismo, justo en ese momento, tocaron el timbre de mi casa. Era el conserje. Volvió con mi celular. Mi cara era la de la niñita del jamón Plumrose, la del final del comercial.

plumrose

Una señora se lo había encontrado en la perfumería de abajo y de tanto insistir, el conserje logró hablar con ella. Se estaba yendo en el metro. El conserje corrió hasta el metro y se encontraron. Ella le dijo que estaba buscando devolverlo porque a ella una vez se le perdió su celular y también se lo devolvieron. Su karma-no karma me ayudó. Así como yo ayudé a Bruno un día.

Gracias a esa señora que nunca sabré quién es, al conserje de mi edificio por hacerme creer y agradecida con el Universo, que me hace recuperar la fe en la humanidad.

¡Esta historia me alegró el día!

 

Saludos,

@LeloQuevedo

-♥-

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